
EL PERIODIQUITO del Barrio. (Chismes frescos de dominio público)
Y que se nos va don Antonio. Era el último que quedaba de aquellos grandes que admiraba. Nunca tuve un disco de él, sinceramente. Pero cómo no acordarse de la ingrata Martina, y cómo no remontarme a los domingos en la casa de Saúl y Temo, también Aguilares, por cierto; crudos todos. Mañana soleada del domingo y los obligados chilaquiles en la cocinita. Después el tequila otra vez. En esos años, y en esa casa, era puro tequila:
“Pero si vieras, cómo son lindas estas borracheras, y ándale…”. Y cómo no recordar también los finales de aquellos domingos, ya briagos otra vez, acompañando en los coros a Saúl y Temo, “Qué falta me hace mi padre, cómo lo voy a olvidar…”. Luego cambiabamos a Pedro Infante, José Alfredo, Miguel Aceves el tongolele del falsete (Otro que se nos fue hace poco, y mi favorito después de Pedro y José Alfredo), Cornelio Reyna, Vargas, Negrete, Cuco Sánchez, y después regresábamos a Antonio Aguilar.
Los lunes, rumbo a la prepa, crudo por tercer día consecutivo, las punzadas temibles en mis sienes arrastraban el eco de las guitarras imborrables. Y yo, por inercia, cantaba suevecito la melodía “de puntitas”, en el último asiento del microbús. Contento.
Ni modo, le gustó el albúr de amores y lo jugó. Ahora, aunque quiera, no volverá a levantar la chancla que alguna vez tirara.
Moraleja: A esta edad no me sería muy prudente, creo yo, escuchar sus canciones cerca de una botella.
Polémica o debate: ¿Por qué no? Como dijéra él mismo: “...Si para morir, nací…”
Y que se nos va don Antonio. Era el último que quedaba de aquellos grandes que admiraba. Nunca tuve un disco de él, sinceramente. Pero cómo no acordarse de la ingrata Martina, y cómo no remontarme a los domingos en la casa de Saúl y Temo, también Aguilares, por cierto; crudos todos. Mañana soleada del domingo y los obligados chilaquiles en la cocinita. Después el tequila otra vez. En esos años, y en esa casa, era puro tequila:
“Pero si vieras, cómo son lindas estas borracheras, y ándale…”. Y cómo no recordar también los finales de aquellos domingos, ya briagos otra vez, acompañando en los coros a Saúl y Temo, “Qué falta me hace mi padre, cómo lo voy a olvidar…”. Luego cambiabamos a Pedro Infante, José Alfredo, Miguel Aceves el tongolele del falsete (Otro que se nos fue hace poco, y mi favorito después de Pedro y José Alfredo), Cornelio Reyna, Vargas, Negrete, Cuco Sánchez, y después regresábamos a Antonio Aguilar.
Los lunes, rumbo a la prepa, crudo por tercer día consecutivo, las punzadas temibles en mis sienes arrastraban el eco de las guitarras imborrables. Y yo, por inercia, cantaba suevecito la melodía “de puntitas”, en el último asiento del microbús. Contento.
Ni modo, le gustó el albúr de amores y lo jugó. Ahora, aunque quiera, no volverá a levantar la chancla que alguna vez tirara.
Moraleja: A esta edad no me sería muy prudente, creo yo, escuchar sus canciones cerca de una botella.
Polémica o debate: ¿Por qué no? Como dijéra él mismo: “...Si para morir, nací…”
Nuk ka komente:
Posto një koment