NOTA PREGONERA.

Este espacio no pretende otra gloria que la de forjarse como un discurso en bruto para demostrar que seguimos siendo una mera fantasía. Hasta el momento todo ha sido un rotundo fracaso, pero seguiremos informando, hasta que se acaben los cigarrillos.

e hënë, 6 gusht 2007

Descanse en paz, don Pelos.

Hoy murió don Pelos; así le decían –le decíamos-, don Pelos. Nadie lo conocía por su nombre y nadie nunca se lo preguntó. Nadie, más bien, le dirigía la palabra. Don Pelos era el viejo que vivía bajo el puente peatonal frente a la fábrica de los japoneses. Apareció desde febrero dando lástimas; apestando a rayos sulforosos. Su hedor lo delataba unos veinte metros a la redonda, fácil. Ya no olía a sudor, porque todo el tiempo se la pasaba echado en la sombra sobre un cartón, o sentado sobre la banqueta espantando a los niños: olía a que se estaba echando a perder. Al principio le preguntaba la gente si ya había comido y aunque no les respondía, de cualquier forma le llevaban un taco de carne asada, un sándwich, o algo que le entretuviera la barriga.
Pero se empezó a llenar de moscas hace como dos meses y las personas dejaron de compadecerlo. Don Pelos ya no batallaba con las moscas que se le atoraban en la barba que, por supuesto, le llegaba hasta el pecho de guajolote descubierto, cocido por los espíritus etílicos. Después se le empezó a inflar la barriga como a esos perros que llevan días de muertos en los baldíos y en los basureros. Solamente uno que otro valiente se acercaba a él para arrimarle un panalito de mezcal, o un cuartito de aguardiente.
Don Esteban le dejó a un lado, los últimos tres lunes, una botellita de alcohol puro destilado: “Para que no la sienta cuando llegue, jefe”, y don Pelos asentía imperceptible con la cabeza como agradeciendo.
Si había algún deseo genuino hacia él, era el mismo entre todos: que se muriera lo más pronto. Se tomaba el alcohol como si el agua fuera agua y él fuera un camello atravesando el Sahara.
Desde el martes pasado ya no se levantó; ya no se movía tampoco. Sabíamos que estaba vivo porque cada vez que pasábamos por allí, la botella de mezcal iba bajando su nivel. Aún así le movían por ratos con una vara, movía las cejas o abría los ojos y lo dejaban otra vez que siguiera descansando.
Hoy en la mañana pasé por el puente y la ambulancia iba llegando. La gente rodeaba a don Pelos tapándose con la mano la boca y la nariz. Ya tenía su veladora y un perro estaba husmeándole las piernas. Nadie espantaba al perro. Yo me asomé entre la gente y lo miré ahí tendido, con la panza todavía más inflada, la camisa desabrochada, el pantalón también desabrochado y la lengua de fuera, como si se hubiera muerto de un susto. La lengua era negra y la cara la tenía morada, casi negra también.
Quince minutos después llegó la policía y los peritos inspectores, pero antes ya habían llegado los reporteros amarillistas. Le tomaron las fotos y le pusieron la sábana.
Nadie lloró y nadie hizo ningún comentario. La señora de los tamales se acomidió a lavar el piso pero el olor no se quitó. La gente se fue retirando poco a poco y yo llegué otra vez tarde al trabajo.

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Queda poco tiempo para arrepentirnos...