Don Raúl López-Portillo Corona, amigo y paisano del difunto Pedro Infante, me contó en la pulquería la siguiente anécdota:
Yo tenía un primo, Jesús López-Portillo, que se sentía poeta, llevaba una vida bohemia y se la gastaba en cantinas y burdeles.
Una ocasión, en uno de esos lugares, estando aferrado al vaso, llegó a saludarlo un conocido, que le hizo a un lado la botella y le entregó una servilleta con una petición escrita que decía:
Jesús, amigo mío, te ruego que me digas por favor qué quiere decir amor y por qué lo pintan ciego...
El tal Jesús la leyó, se émpinó de un sorbo lo restante, encendió un cigarro, dejó pasar unos segundos, dió vuelta a la servilleta y ahí en el reverso comenzó a escribir:
Amor es sublimidad,
sensación divina,
que nos llena de encanto y nos fascina
y nos presta de Dios la inspiración.
Ciego lo pintan
porque al ir dejando nustros pasos rotos
nos dirige flechazos a los ojos
para herirnos después el corazón.
Con más o menos palabras esa fue nuestra breve platica. El poeta Jesús López-Portillo vivió poco. Vivía sólo con su mamá. Un día se le ocurrió a la mamá decirle al hijo que tenía pensado casarse con un señor del pueblo. No le hubiera dicho nada porque apenas se enteró Jesús y subió a su cuarto, se encerró, me imagino que se echó uno o dos tragos, y de un balazo se quito la vida.
Por cierto que la mamá ya ni se casó.
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